viernes, 9 de mayo de 2014

Terra 2: El Diario de Ethan Altver (III)

-En el fondo- comenté sin demasiada emoción- supongo que sólo era cuestión de tiempo.

Durante unas cuantas décadas, los supremos no se dieron a conocer. Simplemente vivían sus vidas entre el resto de la gente, ocultos. Al principio todo era un poco artificial. Quiero decir, no vivieron como vivimos nosotros. Al parecer, no les estaba permitido tener hijos con la persona que eligieran. Estaban supeditados a un control, una forma de selección para mantener los estándares de la nueva especie. Emparejaban a las mujeres adecuadas con los hombres oportunos y les daban un periodo de tiempo para concebir.

Ariadna se revolvió levemente en su butacón.

-¿Les estaba prohibido enamorarse?- musitó.

-Bueno...-respondí- no exactamente. No les estaban vedados los sentimientos, pero estaban obligados a procrear con quien les dijeran, cuando les dijeran. Todo obedecía a  una agenda muy precisa y estudiada. Dependiendo de las capacidades y atributos, una mujer debía tener cierto número descendientes a lo largo de su vida, que inmediatamente les eran retirados y educados por especialistas.


-Eso es horrible- murmuró- no entiendo como nuestros antepasados pudieron tolerar eso.

-Quizá no tuvieron alternativa.

Ariadna se incorporó, estirándose sin disimulo. El atardecer resplandecía en sus facciones de brillante porcelana. Se asomó a la balconada, apoyándose en la barandilla y mirando abajo, muy abajo, la hermosa y serena bahía. La torre de la fortaleza se elevaba muchos metros sobre la colina y bajo ella se extendía la bulliciosa y ajetreada ciudad. Me miró con ojos profundos y tristes, serenos y dulces. Se escucharon algunos ruidos y risas. Era un niño. Su hijo.

-Jamás hubiera permitido que me lo arrebatasen- dijo con los ojos enrojecidos- él es la razón por la cual no salté por este balcón hace diez años, cuando...

Se le hizo un nudo en la voz. Me sonrió y se giró hacia el horizonte, para que no viese cómo se le saltaban las lágrimas. Pasaron muchas nubes, y el sol decidió finalmente arrullarse en el mar.

-Lo siento- dijo al final.

Me preocupé cuando al fin se giró y evadió el cruce de miradas. Aún así, volvió a sentarse en su butaca y bebió un poco de su frío café. Fue entonces cuando decidí hacer como si nada hubiera pasado.


-Pues... -entoné con suavidad- nuestros antepasados, una vez con el proyecto bajo total control, decidieron dar el siguiente paso.

Ella levantó la mirada, estoica y ya serena. Volvía a prestarme atención.

-Es fácil imaginárselo-dije-eramos mejores que ellos en prácticamente todo. En apenas un siglo  los más influyentes hombres del mundo eran supremos. Política, economía, ciencia...todo.  Ya no eramos un centenar, sino muchos miles. El mundo bailaba al son que dictábamos, pero aún no había llegado el momento adecuado.

Su plan se movía a la velocidad adecuada, como una maquinaria perfectamente engrasada y sincronizada. Además, no compartían todos los avances que hacían, principalmente en tecnología aplicable a campos militares. De estas mejoras surgió lo que denominarían el centro de operaciones para la estabilidad de Earth, una base militar en la cara oculta del único satélite del planeta desde donde coordinar su estrategia y... bueno, llevar a cabo mayores y más atrevidos experimentos. Había llegado el momento de que nosotros también jugásemos a ser Dios.

Ariadna se incomodó. No le gustaba mucho como sonaba aquello.

-La humanidad nos creó a nosotros- murmuré- y nosotros, celosos de su atrevido ingenio, creamos a todos los demás.

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